martes, 23 de abril de 2013

Los fugitivos de Sodoma


Alguien dijo un día que nuestro amor era malo;
pensé que nadie le haría caso porque el amor era la primavera para cada uno.
Pero un rumor epidémico los convenció de lo contrario
y una mañana sombría nuestro amor fue declarado culpable de los delitos más atroces de la humanidad.

Nos endilgaron ser amantes del demonio, de pervertir querubines, de destruir a la raza humana y quebrar las leyes de la naturaleza armónica,
cuando nuestro amor seguía siendo tan inocente como un niño que nada sabe.

Lo ocultamos en sótanos, cajones, baúles, arcas y sagrarios
porque nos vigilaban por todos los agujeros de la noche.

Nos cambiamos los nombres, nos disfrazamos, nos encerramos en los armarios
para huir de las redadas de machos inquisidores.

Los señores de la moral de los cilicios nos bautizaron como jotos, maricas y cacorros;
llenaron de miedo nuestras casas hasta que nuestras familias, nuestros amigos e incluso nosotros mismos temimos de nosotros mismos.

Nos encerraron en cárceles estrechas como  tumbas,
quemaron nuestras cartas en hogueras santas,
sellaron nuestras bocas para no dejar escapar ni un beso,
y castraron nuestros miembros para curar una peste inventada.

Ahora nos amarran a un pecado que ni siquiera es nuestro
mientras  ellos han izado las banderas de la muerte en las batallas,
han manchado con sangre las gardenias,
han violado los broches sagrados de mujeres insomnes
y han abandonado a mil huérfanos descalzos en las carreteras del planeta,
todo en nombre de su hombría.

Lo único nuestro es nuestro amor, que siempre ha sido inocente,
sobreviviente a los destierros y a las cámaras de gas,
un amor que en una mirada refleja toda su desnudez,
en una sola mirada como por un cerrojo por donde se cuela la luz,
por allí se ha escapado nuestro cuerpo como un caballo frenético
saltando las alambradas para rebelarse y rasgarse las ropas
al encuentro de ese otro cuerpo cautivo que está a la espera
de amarse al fin como caracoles que se funden a caricias.



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